Malena Saito | Amiga

tapa de Paula Sosa Holt


Malena Saito | Amiga


Amiga,
el cielo está demasiado claro
no puedo dormir
me pierdo
pienso en hombres
se extienden como árboles en la ruta
si los toco, desaparecen
¿dónde estarán aquellos, dispuestos a quedarse
conmigo,
solo conmigo,
cuando florezca el miedo y amaine el esfuerzo?


/

El día que me diste
las manos
en esa fiesta
de luces verdes y rosas
de porro cocido
de camisa a lunares
armamos algo
chiquito
que sigue resistiendo.
Quizás
ser amigas ahora
no signifique más
que de vez en cuando
hacernos un favor
un chiste
compartir una persona.
No obstante
siguen intactas
las luces
tus manos
y esas palabras
que todavía hoy
sigo sin escuchar
por el ruido
de la fiesta
que
nos hablaba
por primera vez
en nuestro idioma.


/

El verano me tiene de rehén
quería escribirte a tiempo
pero no hay tiempo.
Los días de calor pasan pegajosos
se acumulan
es difícil
teclear en este cuarto
donde no hay ventilador.
Somos pocas
las que circulamos
por el diámetro permitido
de la casa
al supermercado
del supermercado
al trabajo.
A veces nos demoramos
las señoras y yo
en alguna góndola
fingimos evaluar
los precios
el país
aprovechamos el aire
que baja frío
de los aparatos que insisten
en negar
la situación.
Tal vez el invierno
nos encuentre
congeladas
irresistibles
duras
como tablas de planchar.



Malena Saito (Buenos Aires, 1994), Amiga. Santos Locos. Buenos Aires. 2017.

Horacio Castillo | Dice Eurídice


Erasmus Quellinus, La muerte de Eurídice. Museo del Prado.



Horacio Castillo | Dice Eurídice


La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías:
horror de que me vieras así, con este tocado de sombra,
el pelo sin brillo -el pelo, que el sol no se cansaba de dorar.
Terror también de que no fueras el mismo -el que permanecía en mi memoria-
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo.
Hace tanto que nadie venía por aquí,
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro,
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome,
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida.
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija,
y caminé por el sombrío corredor
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho
y un carbón encendido en medio de las piernas.
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz,
los árboles junto a los cuales caminábamos,
aquella habitación llena de espejos
donde flotábamos como dos ahogados.
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso,
tu pensamiento se espantó como un caballo,
y vi que tratabas de desprenderte de mí,
de librarte de la trampa de la materia mortal.
"No te vayas -supliqué- no me dejes aquí,
déjame ver de nuevo las nubes y el sol,
suéltame por el mundo como una potranca tracia."
Pero tú ya corrías hacia la salida,
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas,
cómo cantabas en la ribera del río infernal
nuestra vieja canción: "Lo lejano, sólo lo más lejano perdura."


Horacio Castillo (Ensenada, 1934-2010). Plaqueta Aberrante sujeto. Ediciones delanada. Santa Fe. 1999.

GG poema leído por Grau Hertt

Grau Hertt lee "La bien pagá", 
mi reescritura de "La enamorada", 
un poema de la inefable Pizarnik.

Dejá de padecer | empezá a disfrutar












Anne Bradstreet | A mi querido y amado esposo



Anne Bradstreet | A mi querido y amado esposo
(Traducción: Griselda García)


Si alguna vez dos fueron uno, esos somos nosotros.
Si algún hombre fue amado por su mujer, ese eres tú.
Si alguna mujer fue feliz en un hombre,
compárense conmigo, mujeres, si pueden.

Aprecio tu amor más que a las minas de oro
y a todas las riquezas que guarda oriente.
Mi amor es tal que ni los ríos lo pueden saciar;
no el deber sino tu amor me recompensa.

Tu amor es tal que no puedo, de ningún modo, retribuir;
que los cielos premien tu inmensidad, ruego.
Para que, mientras vivamos, en amor perseveremos,
para que, cuando no vivamos más, vivamos para siempre.



To My Dear and Loving Husband

If ever two were one, then surely we.
If ever man were loved by wife, then thee.
If ever wife was happy in a man,
Compare with me, ye women, if you can.

I prize thy love more than whole mines of gold,
Or all the riches that the East doth hold.
My love is such that rivers cannot quench,
Nor ought but love from thee give recompense.

Thy love is such I can no way repay;
The heavens reward thee manifold, I pray.
Then while we live, in love let’s so persever,
That when we live no more, we may live ever.




Anne Bradstreet (1612, Northampton, Reino Unido - 1672, Andover, Massachusetts, Estados Unidos). Poema tomado de Poetry Foundation. Traducción: Griselda García.


N.B.: Esta traducción se revisa periódicamente. Si copia y pega en otro sitio, vuelva en un tiempo para tener la versión actualizada.

Juan Manuel Inchauspe | Época





Juan Manuel Inchauspe | Época


Un prolongado ulular me despertó durante la noche.
Tuve una visión fugaz de luces rojas y amarillas, intermitentes.
Con los ojos recién abiertos en la oscuridad
escuché el sonido giratorio por las calles desiertas.
Instintivamente estiré mi mano por entre las varillas
y palpé el cuerpo de mi pequeño hijo:
suave, cálido,
pacificado como un animalito.

Él no sabe nada de estas cosas.
No sabe nada del sueño cortado
en la fría madrugada.
Ni tiene nunca tampoco por qué saber
cómo brotan del sueño estas visiones;
cómo giran, intermitentes, en la memoria,
y flotan con sus ojos de vidrio alrededor del corazón.



Juan Manuel Inchauspe (Santa Fe, 1940-1991), Trabajo nocturno. Poemas completos. Universidad Nacional del Litoral. 1994.

Elvira Sastre | La lista de la compra




Elvira Sastre | La lista de la compra


Han pasado treinta días
desde la tarde en que las cuentas dejaron
de hacerse hacia atrás,
treinta días en los que me he agarrado
a todo lo que dejé en casa cuando nos fuimos
y que encontré el día que volví sin ti,
a todo lo que compré un día que
todavía vivías,
a todo lo que ya existía
antes de que tú dejaras de hacerlo:
los cartones de leche, el papel higiénico,
el champú de litro,
los paquetes de zumos para cuando el azúcar también
se queda corto,
el detergente de veintisiete lavados,
la sal normal, las bolsas de basura.

Todas esas cosas que uno compra
muy de vez en cuando porque duran mucho
tiempo sin estropearse.

Ahora, treinta días después,
todo va gastándose, golpe a golpe,
como la propia vida,
y apenas queda nada
de aquello,
pero yo ya no quiero volver al supermercado
a comprar de nuevo todas esas cosas
que duran mucho tiempo sin estropearse,
porque hasta lo más absurdo de esta casa contiene tu vida,
porque hasta lo más absurdo también se va muriendo,
porque no quiero volver a empezar
de nuevo,
no quiero volver a comprar cosas duraderas
en las que ya no creo,
no quiero volver a comprarlas
ahora que has muerto,
no quiero volver a empezar
una vida interminable

sin ti.



Elvira Sastre (Segovia, 1992). Cortesía de la autora para este blog.

Elena Anníbali | Ahí les dejo eso...




Elena Anníbali | Ahí les dejo eso...



Ahí les dejo eso, porque hay que soltar, dicen
el oscuro trapo de la dicha

ir hacia dónde, mirar, perder,
ser perdido, olvidado,
traicionado, a veces

también

morder la pena

esta casa, verás, estuvo llena de fe

la llenaron de ruido las palomas
sentó sus manos la virgencita celeste
a veces
me dijo cosas o yo
le dije, pidiéndole, no sé
naderías

me fue dado, a veces, sí, también,
el mendrugo del alma, y todo
pareció estar bien
sonreír
ser fresco
pero después, ah, el después

no viene con constancia la dicha

es un pez pequeñísimo de mil ojos, la dicha,
y nada el mar
lo nada, y sabe, y mira mira mira
tu sola mano ansiosa y pobrecita
buscándolo y buscándolo
en la azul eternidad del tiempo

verás al pececito una vez, dos veces,
su iridiscente reflejo, su ser pez entre
los peces, lo verás ir
aquí para allá, comer
las mariposas, llenarse los mil ojos
de sol, romper
el duro y salado oleaje

muy a veces, en sueños, su rosada carne
su pacífica carne
aleteará cerca de tu corazón
pero luego llegará la fiebre
la podredumbre de la fiebre
y el después del después
y tendrás la sed, la sed que no sacia el agüita salada
del mar interminable
tendrás la gran sed
la fiebre


Elena Anníbali (Oncativo, Córdoba, 1978), Curva de remanso. Caballo negro. Córdoba. 2015.

La poética de Griselda García, Facundo D´Onofrio


El punto de contacto
Sobre la poética de Griselda García
Por Facundo D´Onofrio
  

Foto: Julia Russo Martínez 

“(…) Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las brillantes criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
De noche, sola, me caso con la cama”[1]


Introducción

Mucho se discute acerca de la evocación confesional en la poesía y de la aparición de lo anecdótico como objeto narrativo del poema. Posiciones radicales imploran por su definitiva aniquilación y otras, en extremo opuestas, encuentran un carácter poético en pequeñas crónicas cotidianas repartidas en estrofas.
En medio de esas costas antagónicas, siempre es motivo de celebración encontrar poetas que navegan, como veleros de astutas velas, hacia una u otra playa, según busquen un día de sol o un poco de tormenta para probar su destreza al timón en el oleaje bravo. Cuando el barco sale airoso del contraste, habiendo resistido a los pozos y las trampas, y el timonel toma las piedras más valiosas de cada orilla, allí se erguirá, frente a todos nosotros, un gran poema.


El trabajo sobre las olas

Para comandar el barco, Griselda García se vale de un variado conjunto de elementos. Tomaré como muestra una vasta antología de su obra, titulada Mi pequeño acto privado[2], para referirme a ellos.
En primer lugar, toma de una de las orillas una piedra fundamental: un profundo sentido de la narración. Nunca pierde de vista que con el poema está contando algo y que, aunque la escena se presente difusa o elevada a una abstracción mayor, el lector espera recuperar el sentido del “qué” en medio del “cómo”. En sus poemas –a mi entender– más logrados, este sentido va acompañado de un imaginario poderoso y de una suerte de sabiduría puesta en la derrota, en el reverso de las cosas, en ese lado poco esperable y hasta oscuro de los temas. Así, por ejemplo:

Yacer con el hijo / educarlo en la carne / controlar con los días / el ancho de su espalda / en la espesura fundirnos. / Al interior de la yema del ojo / catedrales de agua / delgadas escamas / de la leche. / Un desborde del cuerpo / una fiesta sin fin / la muerta hilvana / su pañuelo de larvas. / Te alimento / te baño con miel / te envuelvo en piel de luz / te cubro de flores y canto”[3].

Aparece, de este modo, una insistencia por subvertir tópicos generalmente ligados a la ternura y llevarlos al reino de lo ominoso: una latencia incómoda y constante de algo que no comprendemos del todo pero cuya existencia no podemos obviar, aunque queramos hacerlo. Esta aparición va de la mano del erotismo, a veces más explícito, a veces menos, y cuya existencia no responde solamente a provocar sus efectos naturales sino que también apuntala esa latencia del elemento siniestro. Dice Barthes, al referirse al strip-tease, que “está fundado en una contradicción: desexualiza a la mujer en el mismo momento en que la desnuda. Podríamos decir, por lo tanto, que se trata, en cierto sentido, de un espectáculo del miedo, o más bien del “me das miedo”, como si el erotismo dejara en el ambiente una especie de delicioso terror, como si fuera suficiente anunciar los signos rituales del erotismo para provocar, a la vez, la idea de sexo y su conjuración (…) el decorado, los accesorios y los estereotipos sirven para contrariar la provocación del propósito inicial (…)”.[4]
En otras palabras, el erotismo en la poesía de Griselda García tiene un doble funcionamiento: su efecto habitual, por un lado, y la construcción de una escenografía ideal para que soportemos –como si fuese una vacuna que nos brinda dosis menores de una enfermedad–  la latencia de ese mal incesante, por otro. Véase, por caso, este poema:

Hasta un ciego con memoria del tacto / podría servirme / lo guiaría el olor de la sal, la tibieza / la humedad silenciosa. / Detrás de él vendrían cientos / aceite en el cabello / olor acre de la orina. / Yo sólo tendría que yacer inmóvil / palmear alguna espalda, quizás. / Lo mejor es lo que más tarde llega / una noche, sin ser esperado / delicado como un ladrón / mil veces más silencioso. / ¿Soy aquella niñita de pollera al viento / bailando entre altos pastizales?”[5]

En segundo lugar, la poética de Griselda García presenta una vitalidad que se manifiesta a partir de un extremadamente sutil manejo del humor. Hay una mueca permanente, a mitad de camino en sonrisa, que se dibuja en el yo lírico y que lo acerca al componente lúdico, incluso al crear las imágenes más desoladoras. Es esa sabiduría de la que hablaba antes, encontrada en la derrota, aceptada con cierta anuencia lúdica y burlona:

Ahora estoy como quería estar: / de algodón y rellena de aserrín / con la piel de antiguos enemigos bajo las uñas / tolero cualquier cosa de mis amigos imaginarios / sólo los insectos en nariz y oídos / me mantienen con vida”.

Las imágenes creadas, elaboradas con las piedras que el velero halla en la orilla lírica, se acumulan unas sobre las otras y le dan al poema un espesor notorio. Cuando el lirismo nos llevó lo suficientemente lejos, el verso siguiente propone un ancla anti-abstracción que nos devuelve al “qué”, con una cuidadosa elección de las palabras, incluso, a veces, en detrimento del ritmo.
Así trabaja el oleaje de esas aguas con doble orilla y parece gritarnos, al pasar, “¿ven cómo se hace una confesión personal y a la vez se produce un hecho estético?”, “¿ven cómo la destreza está en encontrar el punto de contacto?”.
Por último, observo un inteligente manejo de la expectativa. Cada poema parece ir hacia un lugar al que nunca llega del todo y esas expectativas truncas son el placer de ese yo lírico travieso. Siguiendo con Barthes: “Todo texto sobre el placer sólo es dilatorio: será una introducción a algo que jamás se escribirá”[6]. Griselda García escribe sobre el placer, en sus formas menos esperables, y se vale del eros, que es, en palabras de Constantino Cocco, “el medio de comunicación y de expresión más profundo a disposición de todo ser humano”[7].
Como una suerte de Anne Sexton maniática pero sin depresión, Griselda García observa el entorno y se compromete en él personalmente, proponiéndole una batalla discursiva, mojándole la oreja, combatiendo con lo inasimilable que nos depara, pero sin el sentimiento de frustración ante la derrota. Le ofrece, en cambio, una mueca burlona y le advierte que seguirá activa. Parece responderle a aquel poema de Anne Sexton:

“Sueño con escarabajos / algo lejano me sentencia / ¿perduraremos? / no hay masturbación posible / cuando es furia / lo que se tiene.”[8].







[1] SEXTON, A., “The ballad of the lonely masturbator”, versión original: “(…) The boys and girls are out tonight / They unbutton blouses. They unzip flies. / They take off shoes. They turn off the light. / The glimmering creatures are full of lies. / They are eating each other. They are overfed. / At night, alone, I marry the bed”.
[2] GARCÍA, G., Mi pequeño acto privado, Barnacle, Buenos Aires, 2015.
[3] GARCÍA, G., “La ofrenda”, en Mi pequeño acto privado, Barnacle, Buenos Aires, 2015.
[4] BARTHES, R., Mitologías, Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, 2003.
[5] GARCÍA, G., “La reina tuerta”, en Mi pequeño acto privado, Barnacle, Buenos Aires, 2015.
[6] BARTHES, R., El placer del texto, Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, 2010.
[7] COCCO, C., “El eros secuestrable”, en Erotismo y destrucción, Cappelli Editore, Bologna, 1998.
[8] GARCÍA, G., “Sueño con escarabajos”, en Mi pequeño acto privado, Barnacle, 2015.


María Teresa Andruetto | Cleofé



María Teresa Andruetto | Cleofé



Teresa


Me pusieron Teresa
porque era el nombre
de mi abuela y anduve por la vida
con mi nombre de vieja. Es un nombre
de santas y de reinas pero a mí no me gustaban
las santas ni las reinas. Yo quería un nombre
breve, un nombre leve
y no este nombre de cristiana nueva. Mi buena
Teresita, era la frase de mi padre, pero yo no 
quería ser pequeña, hasta que un hombre 
de brazos fuertes, de barba oscura dijo
mi abuela se llamaba Teresa, mi
hermana se llamaba Teresa, mi 
primera maestra se llamaba
Teresa, ¿cómo te podría 
olvidar?



Con mi hija, en auto


A Josefina

Íbamos, con tu hija durmiendo
en el asiento de atrás, hablando las dos
de un modo nuevo sobre cómo lo real
atraviesa la experiencia del cuerpo
y de la psiquis. ¿Estás cansada?,
pregunté y enseguida pensé que había 
hablado por demás. En otros tiempos
reprochabas no hables fuerte, no hables
tanto, no hagas gestos, pero anoche,
en la oscuridad del camino que va a casa,
preguntaste por mis partos, mis puerperios,
y yo te conté de aquella noche
llegando más muerta que viva al hospital.
Largué lo que tenía atascado en la garganta
y vos dijiste a mí si me hacen eso, los mato,
te juro que los mato. Hablábamos las dos
de un modo nuevo, en medio del camino, 
con tu hija durmiendo en el asiento
de atrás. Entonces me contaste
lo que habías leído, que todo el dolor
que guarda el útero se sana en los hijos
de los hijos, y la resaca que guardaba
se fue limpiando entre los saltos
del auto sobre el ripio.




Balidos

Balaban las madres
bajo los nubarrones de la víspera,
dóciles, fáciles de guiar. También
yo entré al corral. Ellas desconcertadas,
él con su ojo de águila. Lo vi manotear
a tontas y a locas. Le tocó a la cara
mocha, con algo de corriedale.
Un manotazo al cuero, a la enrulada
lana un manotazo. Después fue
atarle nomás las patas y colgarla
para que desangre. Prepará el mate,
dijo, y yo me distraje para no verla
cabeza abajo, la sangre en tierra,
la baba colgando, los perros
disputándose las tripas, bajo
el agudo balido de las madres.



María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, 1954), Cleofé. Caballo Negro. Córdoba. 2017.


Tom Waits | Días malos








Tom Waits | Días malos


Este texto de Tom Waits casi gritaba desde Mundo In-Mundo, un fanzine que vendía Alakrán en su puesto Rebelión. Yo ni sabía quién era ese Tom en eterna espera que coexistía en la página con poemas de Enrique Symns y José Sbarra. Lo leí tanto que me lo aprendí de memoria y lo repetí como un mantra en tiempos aciagos.

Nosotros también creamos nuestra revistita en esa usina maravillosa que era la casa de Maxi Giani. Se conservan los originales: hojas escritas con marcadores armando collages pastichosos. Había que prever el pasaje de la fotocopiadora y apretar mucho la lapicera (gracias a esa intensidad que nos de-formó). Ahora que contamos con los medios de producción, tal vez algún día se pueda reeditar ese Lado Ciego, sólo para nuestro secreto solaz.

Y asistíamos a esas redes antes de las redes que eran las ferias de fanzines, antes del celular, por di*s. Domingo 6 de la tarde ahí, quedabas una semana antes. Marie, Marie, hold on tight! And down we went. Es el deseo, nene. 
Mientras tocaban bandas heavy ante un magro pogo agitado por un santo bebedor, ahí ya estaba pasando todo: la escritura, la edición, el armado, la encuadernación, la publicación, la venta.

Acá va el mantra de Tom para todo el que necesite desentristecer. Esos días son tus días, nene. Hacelos polvo.


Solía tener días malos, los guardaba en una cajita. Un día los tiré al patio. Ay, eran sólo un par de inocentes días malos. Tuvimos una lluvia fuerte. Y no sé lo que crecía ahí, creo que también tirábamos cáscaras de huevo y borra de café.

No plantes tus días malos, se reproducen con facilidad. Se convierten en semanas, las semanas en meses. Antes de que te des cuenta, tuviste un año entero malo. Haceme caso: ahogá esos pequeños días malos. Esos días son tus días. Ahogalos hasta que desaparezcan. 

[Traducción: GG]

Robin Myers | Y cuando en un sueño...



Robin Myers | Y cuando en un sueño...


Y cuando
en un sueño le pregunté

a alguien más inteligente que yo
por qué tanto

quilombo, me dijo:
Por amor, y yo le dije: Dale

dejate de joder, si al final
todo termina,

estamos hechos de agua,
vivimos en un derrame

de petróleo, para besar el mundo
nos tapamos la boca con un pañuelo,

inventamos
las balas de goma,

debe haber
algo

más. Y me di cuenta
de que ella no me iba

a responder
de nuevo.


Robin Myers (New York, 1987), Tener. Audisea. Buenos Aires. 2017. Traducción: Ezequiel Zaidenwerg.

Laurie Anderson | El corazón de un perro




Laurie Anderson | El corazón de un perro


Hay un ejercicio budista llamado la Meditación Madre. Y lo usás cuando no podés sentir nada. Tratás de encontrar un solo momento cuando tu madre realmente te amó sin ningún tipo de reservas. Y te enfocás en ese momento. Y después te imaginás que vos fuiste la madre de todos y todos fueron la tuya. Y busqué y busqué ese momento, pero siempre se me escapaba.

/

Vivíamos junto a un lago y cada invierno se congelaba. Patinábamos por todos lados. Una tarde, estaba yendo a casa desde el cine, estaba empujando a mis hermanitos menores Craig y Phil en un cochecito. Había decidido llevarlos hasta la isla para mirar la luna que estaba apareciendo. Pero cuando nos acercamos a la isla, el hielo se quebró y el cochecito se hundió en el agua oscura. Mi primer pensamiento fue "Mamá me va a matar". Y me acordé de los pompones de sus gorros mientras desaparecían en el agua oscura. Entonces me saqué la campera y me tiré en el agua congelada y nadé hacia abajo y agarré a Craig y lo subí y lo dejé en el hielo. Entonces me volví a meter, pero no pude encontrar el cochecito. Se había hundido en el barro debajo del hielo. Entonces volví a meterme y finalmente encontré el cochecito y Phil estaba atado y arranqué la correa y lo saqué y lo empujé hasta el hielo. Entonces corrí hasta casa, un mellizo en cada brazo, congelados y gritando. Entré corriendo y le conté a mi madre lo que había pasado. Y me dijo: "Qué bien que nadás". Y "no sabía que buceabas tan bien". Y cuando pienso en ella ahora, me doy cuenta de que ése era el momento que estuve tratando de recordar.


Laurie Anderson (Illinois, Estados Unidos, 1947), El corazón de un perro. Traducción: Patricio Grinberg. Bikini Ninja. Paraguay. 2017.

Cesare Pavese | Mujeres apasionadas




Cesare Pavese | Mujeres apasionadas


Las muchachas en el crepúsculo descienden al agua,
cuando el mar se desvanece, vasto. En el bosque
cada hoja se estremece mientras emergen, cautas,
sobre la arena y se sientan en la orilla. La espuma
hace su juego inquieto a lo largo del agua remota.

Las muchachas tienen miedo de las algas enterradas
bajo las ondas, que aferran las piernas y la espalda:
todo lo que esté desnudo, del cuerpo. Suben rápidas a la ribera
y se llaman por el nombre, mirando alrededor.
También las sombras en el fondo del mar, en la oscuridad
son enormes y se las ve moverse inciertas,
como atraídas por los cuerpos que pasan. El bosque
es un refugio tranquilo en el sol poniente,
más que la arena, pero les place a las oscuras muchachas
estar sentadas en lo abierto, sobre sus sábanas recogidas.

Están todas acurrucadas, apretando la sábana
entre las piernas, y contemplan el mar sereno
como un prado en el crepúsculo. ¿Se atrevería alguna
ahora a tenderse desnuda en un prado? Desde el mar
saltarían las algas, que rozan los pies,
y agarran y envuelven el cuerpo tembloroso.
Hay ojos en el mar, que se entrevén a veces.
Aquella desconocida extranjera que nadaba de noche,
sola y desnuda en la oscuridad cuando cambia la luna,
desapareció una noche, y no regresa jamás.
Era alta y debió ser blanca, resplandeciente,
para que los ojos, desde el fondo del mar, la alcanzaran.


Donne appasionate

Le ragazze al crepuscolo scendeno in acqua,
quando il mare svanisce, disteso. Nel bosco
ogni foglia trasale, mentre emergono caute
sulla sabbia e si siedeno a riva. La schiuma
fa i suoi giochi inquieti, lungo l'acqua remota.


Le ragazze han paura delle alghe sepolte
sotto le onde, che afferrano le gambe e le spalle:
quant'è nudo, del corpo. Rimontano rapide a riva
e si chiamano a nome, guardandosi in torno.
Anche le ombre sul fondo del mare, nel buio,
sono enormi e si vedono muovere incerte,
come attratte dai corpo che passano. Il bosco
è un refugio tranquilo, nel sole calante,
più che il greto, ma piace alle scure ragazze
star sedute all'aperto nel lenzuolo raccolto.

Stano tutte accosciate, serrando il lenzuolo
alle gambe, e contemplano il mare disteso
como un prato al crepuscolo. Oserebbe qualcuna
ora stendersi nuda in un prato? Dal mare
balzerebbero le alghe, che sfiorano i piedi,
e ghermire e ravvolgere il corpo tremante.
Ci sono occhi nel mare, che traspaiano a volte.

Quell'ignota straniera, che nuotava di notte
sola e nuda, nel buio quando muta la luna,
è scomparsa una notte e non torna mai più.
Era grande e doveva esser bianca abbagliante
perché glio occhi, dal fondo del mare, giungessero a lei.




Cesare Pavese (San Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Traducción: Jorge Aulicino. Griselda García Editora, Ediciones Del Dock, Cartografías. Buenos Aires. 2018.

Angélica Olcese | Poesía cotidiana


Cliff Spohn



Angélica Olcese | Poesía cotidiana


Te dejé olvidada
en el armario,
saliste por la cerradura,
te puse esposas en los pies
te cosí los ojos
te enseñé a callarte.
Nunca obedeces
y te asomas en la sopa,
en la sed y en la flor desbordada
y torpe que no quiere morir
sin que la mire.
En la minúscula hormiga raquítica
que llegó como pudo a mi mesa de luz
por la mañana, estás.
Poesía del aire transparente
inasible, torpe, hueca, innecesaria,
presente como una media o un zapato,
cargada de melancolía
alegre, si está por venir la primavera
rota, si le duele la cabeza
o si la desertud la hirió por el costado.
Hoy no me llames
déjame dormir
cuando no duermo.
Ven a tierra
concéntrate en mis manos
no te distraigas por nada,
huele la semilla, la gaviota,
las flores que planté y no florecieron
las que no pude ver y están intactas.
No te olvides tampoco del pan y sus sabores
acuérdate del vino y la cebolla
alumbra lo que no hay.
No te distraigas.


Angélica Olcese (Santiago de Chile, 1940), La mano que escribe. Ediciones Del Copista. Córdoba. 2007.

Carlos Drummond de Andrade | Ausencia



Carlos Drummond de Andrade | Ausencia

Subir al Pico del Amor
y una vez arriba
sentir la presencia del amor

En el Pico del Amor, el amor no está
reina la serenidad de las nubes
susurrando al corazón: ¿Qué importa?

Allá abajo, tal vez, esté el amor
seguramente en una laguna, en una gruta profunda.
O todavía más escondido, donde se refugian
las cosas que no son, y que tiemblan por llegar a ser.


Carlos Drummond de Andrade (Itabira,  1902 – Río de Janeiro, 1987). Traducción: José Ioskyn.



Walt Whitman | Una vez pasé por una ciudad populosa




Walt Whitman | Una vez pasé por una ciudad populosa
[traducción: Griselda García]


Una vez pasé por una ciudad populosa, imprimiendo en mi cerebro, para uso futuro, sus fachadas, su arquitectura, sus costumbres y sus tradiciones;
y sin embargo ahora, de toda esa ciudad, sólo recuerdo a una mujer que conocí por casualidad, que me detuvo con su amor por mí;
todos los días y todas las noches estuvimos juntos—todo lo demás hace rato lo olvidé;
digo que recuerdo sólo a esa mujer que con pasión se aferró a mí;
otra vez vagamos —nos amamos—nos separamos otra vez;
ella otra vez me toma de la mano—¡no puedo irme!
La veo junto a mí, con labios silenciosos, triste y trémula.



26. Once I Pass’d Through a Populous City 

ONCE I pass’d through a populous city, imprinting my brain, for future use, with its shows, architecture, customs, and traditions;
Yet now, of all that city, I remember only a woman I casually met there, who detain’d me for love of me;
Day by day and night by night we were together,—All else has long been forgotten by me;
I remember, I say, only that woman who passionately clung to me;
Again we wander—we love—we separate again;
Again she holds me by the hand—I must not go!
I see her close beside me, with silent lips, sad and tremulous.



Walt Whitman (West Hills, 1819 - Camden, 1892), Leaves of grass. 1900. whitmanarchive.org Traducción: Griselda García


N.B.: Esta traducción se revisa periódicamente. Si copia y pega en otro sitio, vuelva en un tiempo para tener la versión actualizada.

Mirta Rosenberg | Sólo sé salir de mí...

Imagen: Filba


Mirta Rosenberg | Sólo sé salir de mí...

Sólo sé salir de mí para buscarte entre rocas de lava,
líquenes secos y briznas mojadas de saliva o lágrimas. Tengo
los ojos llenos de invocarte cuando las estrellas frías queman,
en el techo de la noche, tenues agujeros en lo alto. Sé
que vendrás, que alguna vez
esta montaña fue volcánica.



Mirta Rosenberg (Rosario, 1951), El árbol de palabras. Obra reunida 1984-2006. Ediciones Bajo la luna.

Karen Alkalay-Gut | Sepia





Karen Alkalay-Gut | Sepia
[traducción: Griselda García]


No importa cuánto agrandemos
la foto capturada por un soldado alemán
de mi abuela en Lida en 1916,
igual se sigue viendo bien. Sus ojos
registran su fría medición
del soldado que podía decidir
disparar una foto
en vez de una bala
si ese era su hobby.

Así es como se ve
la guerra - saboreo su miedo
aunque la vea ahora
a través de los ojos
del opresor.

Y conozco la vergüenza de ambos.



Sepia

No matter how much we enlarge it,
That photograph snapped by a German soldier
Of my grandmother in Lida, 1916,
Remains perfectly clear. Her eyes
Register her cold measure
Of the soldier who could decide
To shoot her instead of her
Picture if that
Was his hobby
Instead of photography.

This is what war
Is like – I taste her fear
Even though I’m seeing her
Now from the eyes
Of the oppressor.

And I know the shame of both.


Karen Alkalay-Gut (Londres, 1945). Traducción: Griselda García. Inédito cortesía de la autora.

Denise Levertov | Poema de amor



Denise Levertov | Poema de amor
[traducción: GG]

Lo que me das es
el extraordinario sol
que derrama su luz
sobre árboles sorprendidos.

Una rama
con bayas se mece
bajo las patas de un pájaro.

Conozco
otros placeres, saben
amargos, son como destilados 
de raíces, sin embargo los ansío.

Pero vos, 
vos me das
ese flash de luz dorada del día
en la medianoche
del cuerpo,
la tibieza del mediodía de otoño
entre las sábanas, en la oscuridad.


Love Poem

What you give me is

the extraordinary sun
splashing its light
      into astonished trees.

A branch
of berries, swaying

under the feet of a bird.

I know
other joys-they taste
bitter, distilled as they are
from roots, yet I thirst for them.

But you-
you give me
the flash of golden daylight
in the body's
midnight,
warmth of the fall noonday
between the sheets in the dark.



Denise Levertov (Inglaterra, 1923 – Estados Unidos, 1997). Traducción: Griselda García.


N.B.: Esta traducción se revisa con periodicidad. Si copia y pega en su sitio, vuelva a menudo a ver cómo avanza (o retrocede).